Hoy duele. Hoy la simple palabra evoca malos recuerdos y lágrimas. Y las lágrimas se escapan sin querer, el sentimiento se desploma sobre mi con tanta facilidad que dejarlo salir es la única opción.
No, la verdad es que no me puedo considerar “sobreviviente”, es más, ni siquiera me siento como tal. Sin embargo, siento que gané, siento que volví a nacer y que nada puede ni debe ser igual a lo que fue hasta hace apenas dos semanas.
Un día mi médico me dio un diagnóstico: “carcinoma papilar de tiroides” y el piso y todas las demás cosas en este mundo cambiaron de lugar; y aunque me juraron que era el tipo de cáncer “más noble” y “menos agresivo”, el miedo estuvo latente y acechándome cada uno de los subsecuentes días.
Nada y todo cambió. Afortunadamente tener trabajo y personas amadas cerca me hicieron no pensar mucho y el proceso no fue (tan) doloroso.
Hubo momentos de confusión, de ansiedad, de fe (los menos) y eso sí, muchos de fortaleza. Y a pesar de todo, hoy sí duele y pesa en el alma, no sé por qué, no tengo respuestas. Hoy la palabra “cáncer” despierta en mi sensaciones extrañas y nada agradables; sin querer se me hace un nudo en la garganta y por un instante, por un pequeño instante, me siento sobreviviente.